Las Historias Prohibidas de Marta Veneranda

Las Historias Prohibidas de Marta Veneranda

by Sonia Rivera-Valdes

Paperback(1. ED. E.E)

$14.95
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Overview

The Forbidden Stories is the author's inspired response to a statement made by a Cuban politician regarding the conflicted attitude towards homosexuality in Cuba. Rivera-Valdés creates the character of Marta Veneranda, a graduate student working on a thesis which aims to graph clinically the discrepancy between an individual’s sense of shame and society’s attitude toward the incidents that inspire self-censorship in a person. But the orderly study becomes unruly as the subjects interviewed reveal their hidden stories.
In "Little Poisons,", the nameless narrator is heavily influenced by pop psychologist Patricia Evans. Through her copious reading, she manages to gain some distance from her co-dependent relationship with her husband. Sharing with Marta the minutiae of her liberation, she recounts: "As the days and months went by, I began feeling proud of myself, strong, free from his subjugation and my neurosis, even when his romance with the young woman began and he told me about it. In the fifteen years of marriage he would tell me everything, even about his sexual escapades— if he couldn't share them with me, who would he share them with? Besides, that way no one could come running to me spreading rumors. In the end, he couldn't live without me: his wife, friend, lover, and mother. Can you believe that I listened to these stories and even felt proud of the trust he had in me?"
Beneath the humor and the deceptively simple surface of The Forbidden Stories is a deadly-serious look at the co-mingling of Anglo and Latino cultures, and an exposé of the comforts and discomforts of that cohabitation.

Product Details

ISBN-13: 9781583220535
Publisher: Seven Stories Press
Publication date: 03/28/2001
Edition description: 1. ED. E.E
Pages: 184
Product dimensions: 5.00(w) x 7.01(h) x 0.50(d)

Read an Excerpt



Chapter One

Cinco ventanas del mismo lado


Buenos días. Mi nombre es Mayté Mayté Perdomo. Realmente, Perdomo-Lavalle. Así estoy inscripta en Caibarién y así consta en mi pasaporte americano. Pongo un guión entre los dos apellidos para evitar confusiones en este país, pero igual se confunden a veces. Soy la periodista que llamó pot teléfono el miércoles pidiéndole una cita para hoy a las siete de la mañana. Gracias por haber accedido a verme a esta hora tan poco usual para una entrevista, especialmente un sábado, pero era la única oportunidad que tenía de hacerlo esta semana y mi interns en verla era grande. Perdone la tardanza. Tiene razón, son sólo diez minutos, pero soy muy puntual. No me gusta esperar ni que me esperen.

    Yo no sé, en realidad, si mi historia va a parecerle interesante como para incluirla en su libro. En Nueva York hay tantos cuentos escabrosos en la vida cotidiana que casi nada parece prohibido. Pero es verdad lo que usted me dijo por teléfono, ése es un término relativo. Cualquier suceso que para una persona resulta suficientemente vergonzoso como para ser mantenido en secreto, es su historia prohibida.

    Usted juzgará la mía de acuerdo a su criterio, pero para mí todo este asunto ha sido muy perturbador. No sólo el haber tenido una relación sexual con una mujer, sino la gama de circunstancias alrededor del episodio y su repercusión en mi vida. Me la cambió.

    ¿Adónde han ido a pararmi formación religiosa y mi cultura? me digo a cada rato, porque con todo lo adaptada a esta sociedad que una pueda estar, vamos a dejarnos de boberías, entre nosotros el homosexualismo no es normal. No es que yo sea homofóbica, al contrario. En mi trabajo he defendido el derecho de la gente gay cada vez que ha surgido un problema con ellos, pero ahora, al tocarme en came propia, me ha problematizado más de lo que hubiera supuesto iba a hacerlo, si alguna vez hubiera imaginado que podía pasarme algo así. Jamás lo supuse, y además, de haber sido sexo puro no me resultaría tan inquietante. La carne es débil, como decían las monjas en la escuela de Caibarién, y a cualquiera se le suelta un tornillo un día.

    Lo peor fue ... Me da hasta pena decírselo ... ue me enamoré de ella. Como usted lo oye.

    ¿Que no me oyó? No me di cuenta que había bajado la voz. Perdone. Le decía que me enamoré de ella. Eso sí me asustó. ¿Se imagina, yo enamorando a otra mujer, bailando boleros a media luz y comprándole flores? Cuando Alberto lo supo, por poco se muere el pobre. Me dijo que yo le iba a dar un ataque al corazón un día.

    Sí, se lo conté. Siempre hemos sido muy francos uno con el otro y no pude callarme. Tan pronto regresó de Chicago, le disparé el cuento cornpleto. Sin detalles, claro. Todo fue tan breve, que mi preocupación puede parecer ridícula, pero ha habido weekenes de metérseme en la cabeza el barrenillo de si habré sido lesbiana toda mi vida y no me había dado cuenta hasta ahora, y la idea me ha jodido hasta el punto de no tener ánimos ni para vet la niña, cuando ése es uno de los placeres más grandes de mi vida en la actualidad.

    Es la hija de Rodolfo, un amigo casi hermano, y además compañero de trabajo en el periódico. La única persona que conoce esta historia. Ni a Iris, su mujer, se la he hecho, y eso que somos muy amigas también, incluso comparto más tiempo con ella que con Rodolfo. Salimos juntas casi todos los fines de semana. Nos llevamos a Raquelita, que es mi ahijada, almorzamos en cualquier sitio y pasamos horas dando vueltas por ahí o vamos al cine. Las dos somos fanáticas de las ventas especiales y de las chucherías de Chinatown, y para ninguna de esas salidas hemos podido agarrar jamás ni a su marido ni al mío. Además de gustarme estos paseítos, a veces los hago aunque no tenga tiempo, por estar cerca de la niña. Quiero que cuando crezca recuerde una madrina de verdad, que se ocupaba de ella. Si no hubiera pensado atenderla no la habría bautizado, y como yo no tengo hijos, adoro la muchachita. Cumplió siete años en noviembre

    Con Rodolfo hay algo muy especial. No es solamente que sea cubano, es que llegamos a Nueva York en la misma época, casi de la misma edad. Yo tenía trece años, él catorce, sin los padres los dos y pasamos pot las mismas situaciones, de las que no quisiera acordarme, tan dolorosas que aunque después hemos tratado de tirarlas a chiste, nos reímos de dientes para afuera, deep down todavía duelen, van a doler siempre. Mi mamá dice que yo soy rencorosa, pero por más que he tratado de aceptarlo, me cuesta trabajo entender cómo puede una madre empaquetar una criatura de trece años, consentida a más no poder por padres y abuelos, para un país extraño donde ningún familiar la espera y ni siquiera hablan su mismo idioma.

    Años atrás, cuando salíamos a comer Iris, Rodolfo, mi marido y yo, tan pronto nos dábamos unos tragos, Rodolfo y yo empezábamos a acordarnos de los enredos que se formaban en los foster homes donde paramos recién llegados a este país, cuando no entendiamos una palabra de inglés ni cómo funcionaban aquellas familias. En una de esas casas nos conocimos, por cierto. Y en pleno bar, al cuento se le iba la gracia mientras lo contábamos y terminábamos llorando a mares, y su mujer y mi marido se morían de la vergüenza por el papelazo que hacíamos. Suprimimos el tema delante de ellos. Bastante tienen con su lío puertorriqueño para encima meterles el de nosotros. En realidad, aunque no estén delante, Rodolfo y yo evitamos hablar de eso, pero a veces se nos escapa y siempre terminamos con la misma tristeza.

    Gracias por el café. Mientras lo hacía yo pensaba que llevo media hora hablando y todavía no he empezado a contarle mi historia con Laura. Creo que el ser usted cubana hace que me vengan a la memoria recuerdos que creía olvidados. Deje vet cómo me organizo mentalmente para resumir. Quedé en reunirme a las nueve con Iris y Raquelita y si me demoro la niña se pone imposible.

    Le digo que la mente humana es fascinante. Acabo de darme cuenta en este instante, en lo que usted estaba en la cocina, de algo tan obvio que parece increíble no lo haya pensado antes. Tanta agonía con el episodio de Laura, hasta el punto de atribuirle haberme cambiado la vida yen realidad mi confusión empezó antes de aparecer ella. ¿Estaré ciega para no haberlo visto?

    Todo comenzó cuando Alberto trajo la noticia del traslado a Chicago de la compañía donde trabaja, y me dijo que le estaban haciendo una oferta excelente para irse con ellos. Claro, ese fue el principio de la cosa. Sentí que la cabeza me daba vueltas. Fue extrañísimo. Me bajó un escalofrío por la columna vertebral, llegó a los pies y desde la punta del dedo gordo comenzó a subir de nuevo. Sólo una vez en mi vida había sentido algo así y la impresión quedó para siempre.

    Una noche en Cuba. Igualito. Pero aquello fue hasta peor. Oí una voz susurrando mi nombre. Tan cerca, que el calor del aliento me dio en la cara, y al volverme ¿puede usted creer que no había nadie? Fue la noche siguiente de haber llegado el telegrama autorizando mi salida para Estados Unidos. Mi mamá estaba en el cuarto haciendo la maleta y yo había salido al portal un momento. La voz parecía venir del lado donde estaban las matas de jazmín. Me subieron y bajaron los mismos escalofríos que cuando Alberto vino con la noticia del traslado.

    El estaba tan contento con el aumento y la perspectiva de una nueva vida. A mí no me dio ninguna alegría. Al contrario, pánico la idea de irme de Nueva York, pero pánico real, una de esas sensaciones que sin haberla experimentado, no hay manera de entender. No pude soportar la idea de separarme del apartamento en que he vivido por tantos años. Desde mucho antes de conocer a Alberto vivo ahí. Lo alquilé con el dinero de mi primer trabajo.

    ¿Cómo separarme del pedazo de piso donde descansan las cuatro patas de mi escritorio, de mi manera de romar el café de la mañana, sentada en la cama mirando por la ventana cómo se levantan los vecinos, del rinconcito donde medito, del espacio de mi computadora? Si me alejo, ¿quién me garantiza encontrar de nuevo esa compañía silenciosa que yo tengo, tan especial, viviendo entre viejos y gente cuyas perennes actividades nocturnas los obligan a descansar de día? Porque la gracia no es vivir en los suburbios y no tener a nadie cerca, como decía Alberto que viviríamos en Chicago, sino estar rodeada de gente y que no haga bulla. ¿Cómo alejarme de las caminatas por el barrio, de mi vecino, quien sin conocerme desplegaba su vida de soltero meticuloso frente a mis ventanas, ignorante de mi interés por su persona? Ese es el lugar donde, por tantos años que parece siempre, despierta he soñado con todo lo bueno que me gustaría me pasara, y dormida con casas de muchos cuartos y aviones que despegan sin llevarme. Sueño mucho con eso. Y es ahí donde me he alegrado por las cosas buenas que hah sido y me he entristecido pot las malas. ¿Y mi trabajo, cómo se le ocurría que iba a renunciar a un trabajo que me gusta tanto?

    Todo esto me salió por la boca sin pensar, sin tomar aliento.

    Obviamente, él no esperaba mi reacción y la tomó como un rechazo a su éxito en la compañía. No me habló por una semana. Nunca había pasado. Después, más sereno, trató de convencerme. Con lo buena periodista que soy no me costaría trabajo encontrar un nuevo empleo, en Chicago hay muchos latinos. No tenía que preocuparme por el dinero, mientras nada apareciera, de sobra podíamos vivir los dos con su sueldo. No era el fin del mundo, me acostumbraría.

    No entendía mi apego a un sitio tan pequeño en un barrio tan complicado y sucio cuando teníamos asegurada una buena casa en las afueras de Chicago. Era su sueño, terreno para sembrar, un patio donde cocinar barbecues en verano, las comodidades para poder tener un perro. Yo sabía que soñaba con esas cosas desde chiquito y lo entendía, porque haberse criado encerrado en un sexto piso en el Bronx con cuatro hermanos, hace a cualquiera querer vivir en el campo el resto de su vida, pero como jamás había aparecido la posibilidad de convertir esas ilusiones en realidad, no pensé que las quería tan en serio. En parte, creo que su hermetismo, casi no habla, tuvo la culpa del malentendido. Esto se lo dije también. En cambio, yo, extrovertida como soy, siempre estoy alabando mi rutina diaria, diciendo cómo me encanta. Según él, pensó que la alababa tratando de convencerme a mí misma porque no nos quedaba otro remedio que vivir donde vivíamos, pero nunca imaginó que la celebración era de corazón. ¿Se imagina que desencuentro tuvimos por años sin saber que estábamos desencontrados?

    Por más de diez años parecía que Alberto y yo teníamos muchísimas cosas en común, y al final la compatibilidad se basaba en la ausencia de circunstancias que resaltaran las diferencias. Eso era todo. En el fondo, él odiaba lo que constituía nuestra vida diaria y queen mí forma casi una segunda naturaleza: nuestro apartamento, Gladys con sus llamadas diarias por teléfono para contarme los problemas con los hijos, Luisa y su lío sempiterno con Atilio, Esperanza y su soledad, los indigentes, la cola en los cines de la esquina, el puesto de frutas de los koreanos abierto las veinticuatro horas. Rodolfo. ¿Cómo iba a alejarme de Rodolfo y su familia? Hasta las prostitutas extrañaría si me fuera. Porque mi cuadra ha sido por más de ochenta años cuadra de prostitutas.

    No es un mal sitio, al contrario, vivo rodeada de edificios de NYU. Lo que pasa es que antes había un prostíbulo cerca, por la tercera avenida. Lo cerraron hace años, pero los hombres siguen con la costumbre de recoger a las mujeres donde sus padres y abuelos lo hacían. Usted sabe cómo son las tradiciones familiares de fuertes. No crea usted, que observar este fenómeno me ha hecho entender mejor la universalidad de la conducta humana. Escribí un artículo para el periódico sobre el tema y gustó mucho, aunque rue controversial. Siempre se dice que los latinos somos más apegados a la familia que los americanos, pero yo le aseguro que gran parte de los tipos que pasan por mi cuadra y se llevan las prostitutas en sus carros, lo hacen así porque lo aprendieron en su núcleo familiar y la gran mayoría son americanos, muchos de ellos de New Jersey. Lo sé por la chapa del carro.

    Yo tengo suerte de contemplar el espéctaculo sólo cuando entroy salgo de mi casa. Creo que no aguantaría tanta miseria humana todo el día delante de los ojos Se ven tan mal de salud que cuando empieza a rondar una cara nueva, para saber si es prostituta o no, porque uno nunca sabe, con disimulo la observo cómo luce físicamente, y si se ve saludable, pienso que no lo es. A menudo empiezan a trabajar a las siete de la mañana, casi encueras a veces, con las tetas al aire aunque haya veinte grados de temperatura. Yo las he visto desmejorarse por días, empezar a caminar por la cuadra gorditas y al cabo de unos meses estar ya en el hueso. Vi a una pasarse más de un año tosiendo y escupiendo en la acera mientras se levantaba con una mano el pelo larguísimo que tenia, para no escupírselo, y con la otra mano llamaba a los clientes, de la misma forma que llama los taxis. Hace tiempo que desapareció. Debe estar muerta.

    No sé por qué me he puesto a hablar de las prostitutas, con lo tarde que se está haciendo. Es mi espíritu de periodista. De cualquier manera, tengo suerte porque mi apartamento da a un patio que separa el edificio donde vivo del de enfrente y tengo cinco ventanas, todas del mismo lado, por donde entra el sol después del mediodía. Dan al fondo del edificio. Yo duermo al lado de la del cuarto y casi nunca subo las cortinas. Por eso pasé la pena que pasé la noche del lío con Laura.

    Ella es una prima segunda a la que nunca conocí en Cuba. Nació a los dos meses de yo haberme ido. Tiene treinta y seis años ahora, nueve menos que yo, y dos hijos, una hembra de quince y un varón de siete. Vive cerca de donde me crié y el marido, un veterano de Angola, es el padre del más chiquito. El de la mayor fue a estudiar un doctorado a Rusia, cuando estaban casados, y regresó empatado con una ucraniana. Cuando mi prima se enteró ya tenía hijos con la rusa. Todavía duraron un tiempo en ese tejemaneje, pero al fin se divorciaron. Ella vino ahora a visitar a tía Rosario. Está muy vieja y se le metió en la cabeza que iba a morirse sin ver a su nieta favorita. Lo arregló todo solita y le envió el pasaje hasta Miami. Cuando supe que Laura estaba en Estados Unidos me volví loca de contento. La llamé enseguida y mandé el dinero para que viniera a pasarse una semana conmigo.

    Pasó las dos que estuvo Alberto en Chicago. Al mes siguiente de la noticia del traslado de la compañía tuvo que viajar allá por asuntos de negocio. Me sentí aliviada de poder descansar unos días de su insistencia para que me fuera.

    Fue en octubre del año antepasado, hace dieciséis meses. Llegó por la mañana, al día siguiente de haberse ido Alberto. La fui a buscar al aeropuerto y le llevé una chaqueta mía porque ya empezaba a hacer frío y no traía abrigo. Tenía el pelo lacio y oscuro, hoyitos en la cara al reírse, las caderas anchas como todas las mujeres de mi familia por parte de madre y los pies muy chiquitos. Eso me llamó la atención. Por la mirada la identifiqué enseguida, aun sin habernos visto nunca. La misma expresión de su mamá, mi prima Agueda. Nos abrazamos muy fuerte y lloramos las dos. Yo no sé por qué lloró ella, puedo decirle que para mí el encuentro significó tener delante, más que a una parienta a quien veía pot primera vez, a alguien de mi sangre cuyos ojos veían todos los días el sol salir y ponerse sobre Caibarién, que al despertar oía cantar los pájaros cubanos y pisaba yerba cubana cuando salía al patio. La miraba, no podía dejar de pensar en eso, y lloraba.

    En el taxi hablamos como dos locas, yo preguntando y ella contándome de toda la familia. Ya en la casa, pregunté qué quería hacer. Tenía varios planes en mente. "Descansar, tomar café y hablar contigo. Quiero conocerte", me dijo. Era sábado como hoy. Pensé con gusto que tenía dos días para dedicárselos y di gracias a Dios por la ausencia de mi marido.

    Como a las ocho de la noche pedí comida china. No teníamos hambre, pero algo comimos. Después de comer, Laura se dio una ducha y yo otra. Le presté una bata de casa rosada, regalo de aniversario de bodas de Alberto. Me sentía agotada emocionalmente, drenada. Ella seguía hablando. Yo no podía más con los cuentos y la nostalgia. Le ofrecí una cerveza y para que se callara y descansar, más que nada, propuse escuchar un disco de boleros de Marta Valdés que me había traído de regalo. Le gustó la idea. Yo no sabía quién era Marta Valdés, pero no lo dije. La verdad, hasta aquella noche casi no oía música cubana de ese estilo. Un poco de salsa, los Vanván, Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, sí, pero no boleros. Esa era música de mi mamá.

    Me senté en una esquina del sofá. Laura se acostó y sin pedir permiso, como algo natural, recostó la cabeza sobre mis piernas. Me chocó un poquito, pero pensé queen Cuba la gente tiene más contacto físico en la vida diaria del que nosotros tenemos aquí y me recosté en el espaldar a disfrutar la paz del momento. Sumergida en mis recuerdos más que escuchando, comencé a acariciarle el pelo suelto y húmedo. Al cabo de unos minutos, la melodía me había llevado a las calles estrechas y rectas, con el mar siempre al final, donde corría de niña. Empecé a sentir la suavidad de aquellas tardes y algo se me fue ablandando adentro.

    No prestaba atención a las letras de las canciones. Con los ojos cerrados, pensaba en Caibarién. De repente, sin proponérmelo presté atención a las palabras: Sabía que te acercabas, aunque no te vi llegar, todas las aves del monte, me vinieron a avisar.

    Cobré conciencia de lo que hacía mi mano, la levanté del pelo de Laura con gesto tan brusco que se incorporó y preguntó qué pasaba. "Nada", contesté, pero estaba incómoda. "Tal vez es mi imaginación", pensé, sin embargo, su cabeza pesaba en mis muslos como si la presionara con la intención de hacer más fuerte el roce. Quería ir para el cuarto, huir. Me recosté de nuevo al espaldar del sofá, disimulando mi confusión. Quedaba poco del disco, ahí terminaría el mal rato.

    Finalizó la música. Yen vez de levantarme, abrir la cama de Laura en la sala y yo irme a la mía, tuve una reacción que jamás hubiera esperado de mí. Le pregunté si alguna vez había escuchado a Lucesita Benítez. Dijo que sí. Y yo misma, yo, fui y puse el disco más romántico que puede existir. Tan pronto Lucesita empezó, reaccioné y me di cuenta de lo que había hecho. ¿Qué hacer ahora? Mi turbación creció por segundo. Laura, en cambio, parecía tranquila. A mi lado, tarareaba la canción. Encima de todo, me sentía ridícula, fuera de control, lo que más odio en la vida. Se deslizó despacio y recostó de nuevo la cabeza en mis piernas, rígidas ahora. El esfuerzo de parecer serena me contraia cada músculo del cuerpo, casi temblaba.

    Dos días sin tocarnos, dos días sin amarnos, qué pena todo el tiempo que nos desperdiciamos, decía el bolero. ¿Usted lo conoce, Marta Veneranda? Es precioso.

    —Me encanta este bolero—dijo Laura entusiasmada—. Hace siglos que no lo oía, ¿quieres bailarlo?

    Bailamos. Muy juntas. Nunca había bailado así con una mujer, las caras rozando. Era muy suave. Avanzaba el bolero y nosotras bailábamos más lento y más cerca.

    Si sabes que soy tuya, que yo te pertenezco, que nada en este mundo hará cambiar lo nuestro.

    Apartó su cara de la mia y me miró a los ojos sin pestañear, siempre abrazadas. Sólo me miró, no hubo otto gesto. Yo no sé cómo explicarle. Las piernas se me aflojaron como cuando me entran ganas de irme a la cama con un hombre, pero había algo distinto en esto, debilidad mezclada con fuerza, ansias de conquistarla yo a ella, de poseerla. Eso es lo que sentí. La abracé por la cintura atrayéndola con una fuerza que no podia creer mía. Me sentía húmeda y la presentía igual. La idea de su cuerpo sintiendo al unísono del mío me enloqueció.

    Al terminar el disco llevábamos como tres canciones besándonos, sin dejar de mover las caderas al compás de la música. Me deleitaba la suavidad del cuello, de los brazos, de la espalda. Una sensación tan distinta a la de abrazar a un hombre. No dejaba de pensar en eso.

    De una mano la llevé a mi cama. Yo, a ella. Ni siquiera me preocupé de apartar la sobrecama de flores que tanto cuido porque me encanta. Cuando Laura se fue la llevé a la tintorería, pero nunca ha sido la misma. La sigo poniendo pot el recuerdo.

    Acaricié y besé con una intensidad y una pasión nunca puesta antes en mi acto de amor, cada pedazo y pliegue de aquel cuerpo y ella reciprocó con furiosa esplendidez. Fundidas una en la otra estuvimos por horas. Saciadas ya, extenuadas, nos echamos boca arriba, poniendo a un lado con los pies los panties y brassieres regados sobre las flores de la sobrecama. La luz de la lampara de la mesa de noche, encendida, iluminaba nuestros cuerpos. Nadie se acordó de apagarla.

    Cerré los ojos por unos minutos. Al abrirlos, Laura dormía en la misma posición. Entonces me di cuenta de que no había bajado la corrina de la ventana y la cama está al lado de ella. El vecino del apartamento de enfrente, el soltero, impasible, miraba desde su cocina, parado delante del fregadero. Al incorporarme, comenzó a lavar la lechuga para la ensalada de su tardía cena diaria. Lo hace todas las noches. Obviamente, había visto. Bajé la corrina y no volví a subirla en las dos semanas que Laura estuvo allí, gran parte de las cuales las pasamos acostadas y bailando boleros en la sala. Hasta me declaré enferma en el trabajo por tres días.

    Tan poco salimos que me senti culpable después de irse, por no haberle enseñado más de Nueva York, pero me consuela pensar que los escasos paseos se debieron a mi insistencia. Por ella, no nos habríamos movido de mi apartamento y los restaurancitos alrededor. Al menos la llevé a Chinatown, Rockefeller Center, San Patricio, Harlem, vio el Lower East Side y dimos una vuelta en el Circle Line. Eso rue fantástico, una idea genial. Pasarán mil años y lo recordaré. En toda mi vida sólo me sentí tan romántica en el cine, especialmente viendo From Here to Eternity. Lo único que mirando la película yo estaba segura de ser Deborah Kerr y en el Circle Line, con toda honestidad, nunca supe si era ella o Burt Lancaster.

    Me anonadó mi propia conducta, pero Laura parecía cómoda. No era la primera vez que le sucedía, confesó, aunque conmigo era algo especial. No me convenció esta última parte. Pregunté si su marido sabía.

    —¿Estás loca, cómo va a saberlo?— respondió mirándome como si yo bromeara.

    —Voy a contárselo a Alberto— dije— si no, no podría vivir tranquila.

    Abrió los ojos estupefacta.

    —Estás mal de la cabeza— dijo moviendo la suya de un lado a otro—. Mira, mi primer marido estuvo por años con la ukraniana sin que yo me enterara. La mujer hasta parió jimaguas a espaldas mías. César, el de ahora, es muy bueno, ¿pero crees que no sé que se acuesta con quien se presente tan pronto tiene una oportunidad? Yo tampoco voy a dejar de pasar un buen rato cuando aparece. No me interesa tener aventuras con hombres, para eso prefiero las mujeres. Qué vamos a hacerle, cada cual tiene su gusto, y además, con ellas no hay peligro de embarazo.

    Nos sentamos a hablar varias veces, no crea que no, pero manejábamos códigos diferentes cuando tratábamos este asunto. Al hacer un balance, ya calmada, pienso que fue lo más asombroso de la experiencia. Lo distinto de la valoración. Laura no entendía cómo yo, con todo el mundo que me atribuía ella por mi educación, los viajes, la exposición a diferentes culturas, el vivir en una ciudad tan cosmopolita como ésta, pensaba que no contar a Alberto lo sucedido sería una deslealtad. Hay cosas que no se dicen, era su lema. No entendía mi concepto de la honestidad. El que sólo así pueda vivir en paz conmigo, le parecía inmadurez. Para ella, en el mejor de los casos, la confesión causaría un sufrimiento inútil a Alberto, yen el peor una tragedia para los dos. "Ojos que no ven, corazón que no siente". Total, era mi prima, perfectamente normal que se hubiera quedado conmigo. ¿Por qué complicarlo? No vivía aquí, sabe Dios cuándo nos veríamos de nuevo.

    —¿Tú crees que yo voy a llegar a Cuba a contarle esto a César? ¿Qué sentido tendría?

    Nos separamos sin yo comprender su necesidad de llevar una vida doble ni ella la mía de llevarla desdoblada.

    Le escribo a cada rato, cuando encuentro a alguien que va para Cuba y Laura hace lo mismo cuando viene un amigo para acá, sabe lo difíciles que son las comunicaciones con la isla. Cartas de familia, como si nada hubiera pasado. Las mías son lacónicas, en cambio ella escribe varias páginas hablando de los hijos y de las tías y primas mutuas. Hace poco me pidió un desrizador de pelo para una amiga. Anteriormente me había pedido un creyón de labios y unas cremas para la misma muchacha. Son vecinas y aparentemente se llevan bien. Le compré el desrizador y tan pronto pueda se lo mando.

    Laura salió para Miami el mismo día que regresó Alberto de Chicago. La llevé al aeropuerto por la mañana y él llegó a las seis y media de la tarde. Entre la salida de una y el regreso del otro pensé en las consecuencias de lo sucedido. Sin duda, ya no me mudaría a Chicago. Alberto no iba a insistir más, no querría que fuera con él. El pensamiento me produjo alivio.

    Comimos en un restaurante tailandés esa noche. Pensaba hablarle al día siguiente, cuando descansara, pero tan pronto entró al cuarto preguntó por qué tenia la cortina baja. Solamente la bajo para hacer el amor con él. Lo miré, miré la cortina, y le juro que traté de inventar una excusa para irme a dormir temprano, tan cansada estaba, pero como me pasa siempre, la historia completa salió por la boca sin poder evitarlo. Al terminar yo de hablar, dijo:

    —Bueno, ahora sí tendrás que irte a Chicago conmigo, tú no puedes vivir con las cortinas bajas y no vas a atreverte a subirlas—. Pensé cuánto me quería o necesitaba, vaya a saber.

    Fue difícil, pero entendió que después de lo sucedido era necesario estar a solas por un tiempo. Todo había sido muy sorpresivo, el descubrimiento de un cabo suelto dentro mí que necesitaba hallar la forma de amarrar de nuevo. No era ya Nueva York ni el apartamento, era algo más serio.

    Se mudó hace un año. Yo sigo en mi apartamentico, con mis muebles, mis rincones favoritos, mis vecinos, mi calle, mis amigos, mi trabajo, con Raquelita los weekenes y con las ventanas abiertas.

    Al terminar de hablar con Alberto aquella noche, muy tarde, me acosté. Al otro día hice café, él todavía dormía, y despacito subí la cortina. ¿Puede usted creer que el apartamento estaba vacío? Lo primero que noté cuando empecé a enrollarla fue la ausencia del sofá amarillo canario donde mi vecino pasaba leyendo horas y horas en sus días de descanso. Estoy segura de que enseñaba en una universidad y allí acostado preparaba las clases.

    Pintaron el apartamento de blanco, pulieron el piso y a los pocos días llegaron dos hombres a vivir en él. En la sala pusieron un sofá negro con rosas lilas. Cocinan con mas frecuencia que el vecino anterior y no cenan tan tarde.

    He comprado más discos de boleros. Tengo una colección grandísima. Ese fue uno de los efectos positivos de la visita de Laura. Yo estoy bien en general, hasta diría que contenta de haberme descubierto un ángulo nuevo. Como buena periodista, la curiosidad es una de mis principales características.

    Para ser honesta, lo que me perturba ahora mismo, después de esta conversación con usted durante la cual se me han aclarado varias cosas, poder mágico de la palabra, es no saber, a pesar de las explicaciones que le di a Alberto, si no me fui a Chicago por el problema con Laura, o si el problema con Laura fine producto de mi deseo de encontrar un motivo para no irme a Chicago.

    De cualquier forma, gracias por oírme la descarga. Me voy corriendo a ver a Iris y a Raquelita. Esta es una historia que me hubiera encantado escribir a mí, pero como no sé si algún día me atreva, se la regalo.

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