Fantasma (Ghost Spanish Edition)

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Overview

Notes From Your Bookseller

Ghost es un chico que enfrenta múltiples dificultades en su juventud. Una violenta confrontación con su padre le obliga a él y a su madre a huir para ponerse a salvo. Pero la vida le brinda una oportunidad cuando un entrenador de atletismo le invita a correr para su equipo. Ahí, Ghost hace de la velocidad a su nueva aliada.

Ghost faces multiple hardships in his youth. Like the violent confrontation with his father that forces him and his mother to flee for safety. But life gives him an opportunity when a track coach invites him to run for his team. There, Ghost makes speed his new ally.

Now available in Spanish!

A National Book Award Finalist for Young People’s Literature
Nominated as one of America’s best-loved novels by PBS’s The Great American Read


Ghost wants to be the fastest sprinter on his elite middle school track team, but his past is slowing him down in this first electrifying novel of the acclaimed Track series from Newbery honoree Jason Reynolds.

Ghost. Lu. Patina. Sunny. Four kids from wildly different backgrounds with personalities that are explosive when they clash. But they are also four kids chosen for an elite middle school track team—a team that could qualify them for the Junior Olympics if they can get their acts together. They all have a lot to lose, but they also have a lot to prove, not only to each other, but to themselves.

Running. That’s all Ghost (real name Castle Cranshaw) has ever known. But Ghost has been running for the wrong reasons—it all started with running away from his father, who, when Ghost was a very little boy, chased him and his mother through their apartment, then down the street, with a loaded gun, aiming to kill. Since then, Ghost has been the one causing problems—and running away from them—until he meets Coach, an ex-Olympic Medalist who sees something in Ghost: crazy natural talent. If Ghost can stay on track, literally and figuratively, he could be the best sprinter in the city. Can Ghost harness his raw talent for speed, or will his past finally catch up to him?

Product Details

ISBN-13: 9781665927567
Publisher: Atheneum/Caitlyn Dlouhy Books
Publication date: 08/29/2023
Series: Defenders Track Team Series , #1
Pages: 224
Sales rank: 52,720
Product dimensions: 5.00(w) x 7.60(h) x 0.80(d)
Language: Spanish
Age Range: 10 - 18 Years

About the Author

About The Author
Jason Reynolds is a #1 New York Times bestselling author, a Newbery Award Honoree, a Printz Award Honoree, a two-time National Book Award finalist, a Kirkus Award winner, a UK Carnegie Medal winner, a two-time Walter Dean Myers Award winner, an NAACP Image Award Winner, an Odyssey Award Winner and two-time honoree, and the recipient of multiple Coretta Scott King honors and the Margaret A. Edwards Award. He was also the 2020–2022 National Ambassador for Young People’s Literature. His many books include All American Boys (cowritten with Brendan Kiely); When I Was the Greatest; The Boy in the Black Suit; Stamped; As Brave as You; For Every One; the Track series (Ghost, Patina, Sunny, and Lu); Look Both Ways; Stuntboy, in the Meantime; Ain’t Burned All the Bright (recipient of the Caldecott Honor) and My Name Is Jason. Mine Too. (both cowritten with Jason Griffin); and Long Way Down, which received a Newbery Honor, a Printz Honor, and a Coretta Scott King Honor. His debut picture book, There Was a Party for Langston, won a Caldecott Honor and a Coretta Scott King Illustrator Honor. He lives in Washington, DC. You can find his ramblings at JasonWritesBooks.com.

Alexis Romay is the author of two novels and two books of poetry. His essays and opinion pieces have been published by NBC News, World Literature Today, Museum of Modern Art, El Nuevo Herald, Latino Rebels, Hypermedia Magazine, Replicante, Letras Libres, and other outlets. He has written lyrics for Paquito D’Rivera and translated over forty picture books, as well as novels by Ana Veciana-Suarez, Margarita Engle, Miguel Correa Mujica, Meg Medina, Stuart Gibbs, and Adrianna Cuevas. He lives in New Jersey with his family.

Read an Excerpt

Capítulo 1: Récords mundiales Récords mundiales
Échate esto. Hay un tipo que se llama Andrew Dahl que tiene el récord mundial por inflar la mayor cantidad de globos... con la nariz. Ecolecuá. Es cierto. No estoy seguro de cómo se enteró de que eso era un talento especial, y no me puedo imaginar la cantidad de mocos que habrá en esos globos, pero, ya tú sabes, eso es lo suyo, y Andrew es el mejor. También hay una mujer que se llama Charlotte Lee que tiene el récord de ser dueña de la mayor cantidad de patos de goma. No es broma. Y esto es lo más raro de todo: ¿por qué alguien querría un pato de goma, mucho menos 5631? En serio, par favar. Y yo, bueno, yo probablemente tenga el récord mundial de saber más acerca de récords mundiales. Ese y el de comer la mayor cantidad de semillas de girasol.

—Déjame adivinar: ¿semillas de girasol? —el señor Charles casi me grita desde detrás del mostrador de lo que él llama su «tienda en el campo», aunque vivimos en una ciudad. El señor Charles —quien, ya que estamos, luce igualito a James Brown, si James Brown fuera blanco— me ha cobrado las semillas de girasol cinco días por semana desde, déjame pensar... cuarto grado, que es cuando mamá empezó a trabajar en el hospital. Así que ya vamos más o menos por tres años. Además, él es «hipoacúsico», cosa que cuando mi mamá la decía yo siempre pensaba que decía «hipermúsico», lo que no tenía ningún sentido. No sé por qué no decía simple y llanamente «medio sordo». Tal vez porque «hipoacúsico» es como hablan en los hospitales y seguro que se le ha pegado. Pero, sí, el señor Charles casi no oye nada, motivo por el cual siempre le grita a la gente y la gente siempre le grita a él. Su tienda es un carnaval de chillidos, eso sin mencionar los efectos especiales extra que vienen del ruidoso televisor que tiene detrás del mostrador... con películas de vaqueros, una detrás de la otra. El señor Charles también es el tipo que me dio este libro —Los récords mundiales de Guinness— que es donde aprendí acerca de Andrew Dahl y Charlotte Lee. Él me dice que un día yo puedo establecer un récord. Un récord de verdad. Ser uno de los mejores en el mundo en algo. A lo mejor. Pero una cosa es cierta: el señor Charles tiene que tener el récord por decir «Déjame adivinar: ¿semillas de girasol?», porque me dice eso cada vez que entro por esa puerta, lo que quiere decir que probablemente yo también tenga el récord por contestar, en voz alta, exactamente del mismo modo.

—Déjeme adivinar: ¿un dólar? —esa es mi respuesta. La he dicho un ceremillar de veces. Entonces, con una palmada, le pongo un billete en su mano arrugada, y él me pone la bolsa de semillas en la mía.

Después de eso, continúo con mi viaje en cámara lenta y sólo me vuelvo a detener al llegar a la parada de guaguas. Pero esta parada de guaguas no es una parada de guaguas cualquiera. Es la que está justo enfrente del gimnasio. Me quedo ahí sentado con el resto de la gente que espera la guagua, con la excepción de que yo en verdad nunca la espero. La guagua te lleva a casa rápido, y yo no quiero eso. Yo sólo voy ahí para mirar a la gente que hace ejercicios. Me explico: el gimnasio en la acera de enfrente tiene una enorme ventana —bueno, la pared entera es una ventana— y tiene esas máquinas que te hacen sentir como si subieras escalones, y todos están de cara a la parada de guaguas con esa pinta de locos, como si estuvieran a punto de desmayarse. Y créeme: no hay cosa más cómica que eso. Así que yo me pongo a contemplar un rato el panorama, como si fuese una película: Quiénes están por desmayarse, con la actuación especial de los sube-escalones, del uno al diez. Ya sé que esto seguro que suena un poco raro, incluso hasta medio espeluznante, pero algo hay que hacer cuando uno se aburre, ¿no? La mejor parte de sentarme ahí es que me devoro las semillas de girasol como si fueran palomitas de maíz de los cines.

A propósito de las semillas de girasol. Antes yo me ponía un puñado en la boca a la vez, chupaba toda la sal, y luego las escupía como si fuera una metralleta. También podría haber establecido un récord mundial en eso. Pero, ahora, he madurado. Ahora me tomo mi tiempo, las muevo a uno y otro lado de la boca, las acomodo para la mordida perfecta que abra la cáscara de par en par y luego, cuidadosamente, separo la semilla con la lengua y entonces —y esta es la parte difícil— mientras mantengo la semillita a buen recaudo en el espacio entre los dientes y la lengua, escupo las cáscaras. Y, por último, después de todo eso, mastico las semillas. Soy todo un experto, aunque, puesto a ser sincero, las semillas de girasol no saben a nada. Ni siquiera estoy seguro de que valgan la pena. Pero me gusta el proceso de todos modos.

Mi papá también solía comer semillas de girasol. De ahí es de donde me viene. Pero él lo masticaba todo. Las cáscaras, las semillas, todo. Las devoraba como si fuera una bestia. Cuando yo era mucho más pequeño, le preguntaba si le iba a crecer un girasol adentro, ya que comía tantas semillas. Él siempre se la pasaba mirando un partido de algo, ya fuera fútbol americano o básquet, y se volvía hacia mí por un segundo, el tiempo suficiente para no perderse una jugada y decía:

—Yo estoy lleno de girasoles, chamaco —entonces sacudía las semillas en la palma de la mano, como si fueran dados, antes de tirarse otro puñado en el chupasopa para zampárselo de un golpe.

Pero déjame decirte una cosa: mi papá mentía. Adentro no le crecía ningún girasol. No era posible. Yo no sé mucho de girasoles, pero sé que son lindos y que les gustan a las mujeres, y sé que la palabra girasol está compuesta por dos palabras buenas, y ese hombre no tiene dos palabras buenas ni nada que les guste a las mujeres, porque a las mujeres no les gustan los hombres que intentan matarlas y matar a sus hijos. Y esa es la clase de hombre que él era.

Fue hace tres años cuando a mi papá se le fundió un cable. Cuando el alcohol lo hizo incluso más cruel de lo que jamás había sido. Cada dos días se convertía en una persona diferente, como si se transformara en un loco, pero esa noche mi madre por fin decidió hacerle resistencia. Yo tenía la cabeza metida entre el colchón y la almohada, algo a lo que me había acostumbrado cada vez que ellos se echaban la bronca, cuando mi mamá entró como una tromba a mi cuarto.

—Nos tenemos que ir —me dijo mientras me quitaba el cubrecamas de un tirón. Y cuando no me moví, gritó—: ¡Levántate!

Lo próximo que supe fue que me arrastraba por el pasillo, mientras mis pies tropezaban entre sí. Y ahí fue cuando miré a mis espaldas y lo vi, a mi papá, que se tambaleaba desde el cuarto, con los labios ensangrentados y una pistola en la mano.

—¡No me hagas hacer esto, Teri! —le suplicó con un gritó rabioso, pero mi madre y yo seguimos avanzando. El sonido de la pistola al ser rastrillada. El sonido de la puerta al ser abierta. Tan pronto como ella abrió la puerta de par en par, mi papá disparó. ¡Nos disparó a nosotros! ¡Mi papá! Mi papá, para ser exactos, nos disparaba... a... ¡nosotros! ¡A su esposa y su hijo! No me fijé dónde había ido a parar la bala, más que nada porque temía que me hubiera dado a mí. O a mamá. El sonido fue potente y agudo, lo suficiente como para hacerme sentir que el cerebro me iba a estallar en la cabeza, lo suficiente como para que el corazón me diera un vuelco. Pero lo más loco de todo fue que sentí que el disparo —el ruido más fuerte que jamás había escuchado— hizo que mis piernas se movieran aun más rápido. No sé si eso es posible, pero eso es, sin lugar a dudas, lo que me pareció.

Mi mamá y yo corrimos escaleras abajo, salimos a la calle e irrumpimos en la oscuridad con la muerte que nos pisaba los talones. Corrimos y corrimos y corrimos, hasta que por fin llegamos a la tienda del señor Charles, que, para nuestra fortuna, está abierta las veinticuatro horas. El señor Charles nos vio a mi mamá y a mí, sin aliento, llorando, descalzos y en pijamas, y nos escondió en su despensa mientras llamaba a la policía. Nos quedamos ahí la noche entera.

No he visto a mi papá desde entonces. Mamá me dijo que cuando los policías llegaron a la casa, él estaba sentado afuera, en los escalones, sin camisa, con la pistola a su lado, tragaba cerveza y semillas de girasol, y los esperaba. Como si quisiera que lo arrestaran. Como si no fuese gran cosa. Le echaron diez años en prisión, y, para ser sincero, no sé si eso me alegra o no. A veces, quisiera que lo hubiesen sentenciado a la cárcel por una eternidad. Otras veces, quisiera que estuviese en el sofá en casa, mirando su partido y sacudiendo las semillas en la mano. En cualquier caso, hay una cosa cierta: esa fue la noche en la que aprendí a correr. Así que cuando me cansé de estar sentado en la parada de guaguas enfrente del gimnasio y vi a todos esos chamacos entrenándose en la pista de carrera del parque, tuve que ir a ver a qué se debía eso, porque correr no es algo para lo que yo jamás haya tenido que entrenar. Eso es sencillamente algo que yo sabía hacer.

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