El delito de la limonada: The Lemonade Crime (Spanish Edition)

El delito de la limonada: The Lemonade Crime (Spanish Edition)

by Jacqueline Davies
El delito de la limonada: The Lemonade Crime (Spanish Edition)

El delito de la limonada: The Lemonade Crime (Spanish Edition)

by Jacqueline Davies

Paperback

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Overview

Un favorito de Booklinks 
Uno de los 100 Títulos de la Biblioteca Pública de Nueva York en la sección de Lectura y Lectura para compartir

 
“Un fascinante capítulo.”—Booklist, crítica destacada 
 
“Una novela divertida, fresca y creíble con personajes simpáticos.”  —School Library Journal
 
“Divertida… una buena lectura para pequeños capitalistas.” —USA Today
 
 

Hecho: Una semana atrás, desaparecieron doscientos ocho dólares del bolsillo del pantalón corto de Evan Treski.
 
Hecho: Evan y Jessie habían trabajado arduamente durante el verano para obtener ese dinero, preparando limonada, cargándola por todo el pueblo, de pie bajo el caluroso sol de verano para ganar cada centavo.
 
Hecho: Scott Spencer acaba de comprar algo muy, muy costoso.
 
Acusación: Scott Spencer es acusado del delito de robo del dinero de la limonada. La clase 4-0 en consecuencia lo cita al tribunal frente a un juez, testigos y un jurado de pares.
 
¿Se sabrá la verdad en el juicio? Y si es así, ¿se hará justicia?

A Booklinks favorite
One of the 100 Titles of the New York Public Library in the Reading and Reading section to share  
“A fascinating chapter book.” —Booklist, featured review
 
“A fun, fresh and credible novel with friendly characters.” —School Library Journal
 
“Fun ... a good read for small capitalists.” —USA Today
 
 
 
Fact: A week ago, two hundred and eight dollars disappeared from the pocket of Evan Treski’s shorts.
 
Fact: Evan and Jessie had worked hard during the summer to get that money, preparing lemonade, loading it around town, standing in the hot summer sun to earn every penny.
 
Fact: Scott Spencer just bought something very, very expensive.
 
Accusation: Scott Spencer is charged with the crime of stealing lemonade money. Class 4-0 accordingly cites him to the court in front of a judge, witnesses and a jury of peers.
 
Will the truth be known at the trial? And if so, will justice be done?
 
 

Product Details

ISBN-13: 9781328606082
Publisher: HarperCollins
Publication date: 04/16/2019
Series: Lemonade War Series , #2
Pages: 192
Sales rank: 1,089,920
Product dimensions: 5.00(w) x 7.40(h) x 0.60(d)
Language: Spanish
Age Range: 10 Years

About the Author

Jacqueline Davies is the bestselling author of the Lemonade War series, which has inspired young readers across the world to raise money for charitable causes. She is also the award-winning author of the Sydney and Taylor series, illustrated by Deborah Hocking, and Bubbles . . . UP!, illustrated by Sonia Sánchez, which was selected as an ALA Booklist Editors’ Choice and was distinguished as a book of outstanding merit on Bank Street College’s Best Books of the Year list. Visit her online at www.jacquelinedavies.net.

Read an Excerpt

Capítulo 1
Fraude

fraude, s. El delito de engañar a alguien para lograr un rédito personal o económico; persona que simula ser algo que no es.

—¡No es justo! —dijo Jessie. Señaló las cuatro galletas con chips de chocolate que su hermano, Evan, estaba metiendo en una bolsa Ziploc. Estaban parados en la cocina, casi listos para ir a la escuela, el cuarto día de cuarto grado para ambos, ahora que los dos estaban en la misma clase.
     —Bueno —dijo Evan, mientras sacaba una galleta y volvía a ponerla en el frasco de galletas—. Tres para ti. Tres para mí. ¿Contenta?
     —No se trata de estar contenta —dijo Jessie—. Se trata de lo que es justo.
     —Como quieras. Me voy. —Evan se colgó la mochila en el hombro y luego desapareció por las escaleras que llevan al garaje.
     Jessie fue hasta la ventana de la sala de estar y observó mientras su hermano pedaleaba la bicicleta en la calle. Ella todavía no tenía permiso para montar en bici por lo que no podía ir en bici a la escuela si no la acompañaba uno de los padres. Era uno de los problemas de saltarse el tercer grado y de ser la más pequeña de cuarto grado. Todos los demás de su clase podían ir a la escuela en bicicleta, pero ella todavía tenía que ir caminando.
     Jessie fue hasta el refrigerador y tachó otro día del calendario de almuerzos. El almuerzo del día era Hamburguesa de pollo. No era su favorito, pero estaba bien. Con el dedo, marcó cada día que restaba de la semana y leyó en voz alta el plato principal: Hot dog deli (asco), Nuggets de pollo con dip, Tacos de tortilla suave y, el viernes, su favorito: Palitos de pan francés glaseados de canela.
     El espacio del sábado estaba vacío, pero alguien había escrito con marcador rojo:
     Jessie se puso las manos en las caderas. ¿Quién lo había hecho? Probablemente uno de los amigos de Evan. Adam o Paul. Desordenar su calendario de almuerzos. ¡Probablemente Paul! Típico de él. Jessie sabía que Yom Kipur era una fiesta judía muy solemne. No recordaba qué era, pero era muy solemne. No puedes escribir ¡súper-fiesta! luego de Yom Kipur.
     —Jessie, ¿estás lista? —preguntó la Sra. Treski mientras entraba en la cocina.
     —Sip —dijo Jessie. Levantó su mochila, que pesaba casi tanto como ella, y se la puso sobre los hombros. Tuvo que inclinar la cintura un poco hacia adelante para evitar caer hacia atrás.
     —Mami, no hace falta que sigas llevándome a la escuela. Estoy en cuarto grado, ¿sabes?
     —Lo sé —dijo la Sra. Treski, mientras miraba hacia las escaleras del garaje en busca de sus zapatos—. Pero aún tienes solo ocho años.
     —¡Cumpliré nueve el mes que viene!
     La Sra. Treski la miró.
     —¿Es tan importante?
     —¿No puedo ir con Megan?
     —¿Megan no llega siempre tarde?
     —Pero yo siempre llego temprano, así que compensaremos.
     —Puede ser mañana, pero hoy caminemos juntas. ¿De acuerdo?
     —De acuerdo —dijo Jessie, a quien en realidad le gustaba caminar hasta la escuela con su madre, pero se preguntaba si los otros niños pensaban que ella era una chica aún más rara por eso—. Pero es la última vez.
     Les tomó menos de diez minutos llegar a la escuela. Darlene, la guardia del cruce escolar, levantó sus manos enguantadas para detener el tránsito y les dijo:
     —Bien. Ya pueden cruzar.
     Jessie se volvió hacia su madre.
     —Mami. Puedo continuar el resto del camino sola.
     —Bueno —dijo la Sra. Treski, con un pie en el borde de la acera y un pie en la calle—. Está bien. Te veré a la salida de clase. Te esperaré aquí.
     Retrocedió al cordón, y Jessie sabía que la miraría hasta que llegara al patio. No me daré vuelta para saludar, se dijo. Los chicos de cuarto no hacen eso. Evan se lo había explicado.
     Jessie caminó hacia el patio buscando a Megan. Como a los niños no les permitían entrar a la escuela antes de que sonara la campana, se reunían fuera de la escuela. Se colgaban de los pasamanos, se deslizaban en el tobogán, conversaban en grupos u organizaban juegos cortos de fútbol o de básquetbol, si tenían la suerte de tener una maestra que les permitiera jugar con una pelota de la clase antes de entrar. Jessie recorrió el patio con la mirada. Megan no estaba. Probablemente llegaría tarde.
     Jessie enganchó los pulgares en las correas de su mochila. Ya se había dado cuenta de que la mayoría de las chicas de cuarto grado no usaban mochila. Llevaban sus libros, carpetas, botellas de agua y almuerzos en morrales informales. Jessie pensaba que esos bolsos eran una tontería. La forma en que se golpeaban contra las rodillas y se hundían en el hombro. Las mochilas eran más prácticas.
     Caminó hacia el patio donde Evan y un grupo de chicos estaban jugando HORSE. Algunos de los chicos eran de quinto grado y eran altos, pero Jessie no se sorprendió al descubrir que Evan iba ganando. Era bueno en básquetbol. El mejor de toda la clase, según Jessie. Quizás incluso el mejor de toda la escuela. Se sentó en la línea de banda para mirar.
     —Bien, lanzaré un fadeaway —dijo Evan, nombrando su tiro para que el siguiente niño tuviera que copiarlo—. Un pie sobre la rajadura corta para empezar.
     Botó la pelota un par de veces, y Jessie miró junto con los demás niños para ver si podía hacer el tiro. Cuando por fin saltó, lanzando la pelota mientras caía hacia atrás, la pelota surcó el aire e hizo un tiro con gran arco perfecto, justo a través de la canasta.
     —¡Ufff! —dijo Ryan, quien tenía que copiar el tiro. Botó la pelota un par de veces y dobló las rodillas, pero justo entonces sonó la campana. Era hora de formar fila.
     —¡Ja! —dijo Ryan mientras arrojaba la pelota bien alto.
     —Tienes mucha suerte —dijo Evan, mientras atrapaba la pelota en el aire y la ponía en el cajón de leche donde se guardaba el resto del equipo de patio del 4-O.
     A Jessie le gustaban los amigos de Evan, y, por lo general, eran bastante buenos con ella, así que los siguió para ponerse en fila. Sabía que no debía formarse justo detrás de Evan. No estaba muy feliz de tener a su hermanita en la misma clase este año. La Sra. Treski había aconsejado a Jessie: Dale espacio a Evan, y era lo que estaba haciendo.
     Jessie miró por todo el patio para ver si Megan había aparecido, pero a quien vio fue a Scott Spencer saltando del carro de su padre. ¡Genial!, farfulló Jessie. Para Jessie, Scott Spencer era un farsante y un fraude. Siempre estaba haciendo algo que no debía hacer a espaldas de la maestra y nunca lo pillaban. Como la vez que cortó los narcisos que estaban creciendo en la clase de arte. O como cuando borró estrellas del pizarrón para que su grupo de trabajo ganara el Premio por Equipo de la semana.
     Cuando Scott llegó a la fila, se metió justo delante de Jessie y tocó a Ryan en el hombro.
     —Hola —dijo.
     —Hola —dijo Ryan, dándose vuelta y haciendo un movimiento con la cabeza.
     —Perdona —dijo Jessie tocando a Scott en el brazo—. La fila termina ahí atrás. —Señaló con el pulgar hacia atrás.
     —¿Y qué? —dijo Scott.
     —No puedes colarte así.
     —¿A quién le importa? Solo estamos entrando a la escuela.
     —Es una fila —dijo Jessie—. La regla es que debes ir al final de la fila.
     —¿A quién le importa lo que dices? —dijo Scott, encogiendo los hombros y dándole la espalda. La fila estaba comenzando a avanzar. Scott tocó a algunos otros niños en el brazo y los saludó. Algunos le respondieron, pero Jessie observó que Evan mantenía la vista al frente.
     —Llegué tardísimo, ¿no? —dijo Scott a Ryan. Sonreía de oreja a oreja—. No podía dejar de jugar con mi nuevo Xbox 20/20.
     —¿Tienes un 20/20? —preguntó Ryan.
     Paul se dio vuelta.
     —¿Quién? ¿Quién tiene uno?
     —Él dice que tiene uno —dijo Ryan señalando a Scott.
     —No puede ser —dijo Paul—. Ni siquiera ha salido a la venta.
     —Bueno, no se puede conseguir en una tienda —dijo Scott—. Pero mi mamá conoce gente en Japón.
     Jessie miró a Evan, que estaba en el frente de la fila. Se daba cuenta de que no había escuchado lo que Scott había dicho, pero más y más chicos se dieron vuelta para escuchar sobre el 20/20. Era la última consola, con gafas envolventes y guantes sensibles al movimiento. La fila delante de Jessie comenzó a amontonarse.
     Cuando Jessie llegó a la puerta del aula, la Sra. Overton estaba parada allí diciendo buenos días a cada alumno a medida que la fila ingresaba.
     —Sra. Overton, Scott Spencer se coló en la fila. —Jessie no era una soplona, pero Scott debía aprender un par de cosas sobre las reglas.
     La Sra. Overton puso una mano sobre el hombro de Jessie.
     —Bueno, Jessie. Voy a controlar mañana para que no vuelva a ocurrir, por ahora, dejémoslo así.
     ¡Perfecto!, pensó Jessie mientras caminaba hacia su lugar y bajaba la silla. Scott Spencer se sale con la suya nuevamente.
     Luego de poner su silla en el piso, salió al pasillo para colgar la mochila en su armario. Arrancó la esquina de una página de su Cuaderno de Escritura y escribió rápidamente una nota. Luego, al pasar por el asiento de Evan cuando iba hacia el suyo, deslizó la nota en su mano. No lo vio abrirla y leerla, pero ya sentada en su propio asiento, se dio cuenta de que la había leído. Evan estaba mirando a Scott Spencer, y casi se podía ver que sus ojos lanzaban rayos.

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