El arma rota: Una novela

El arma rota: Una novela

by Louis L'Amour
El arma rota: Una novela

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by Louis L'Amour

eBook

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Overview

Hace noventa años, los hermanos Toomey, en compañía de otros 25 hombres y cuatro mil cabezas de ganado, se esfumaron camino a Arizona. Cuando es escritor e historiador Dan Sheridan es invitado al rancho de los hermanos desaparecidos por su actual dueño, no deja escapar la oportunidad. La visita concuerda de maravilla con su plan de aclarar ese misterio de cien años de antigüedad – pero el hecho es que su anfitrión no es amante de los libros, de los escritores ni de quienes no se limitan a ocuparse de sus propios asuntos.

Muy pronto, Dan se encuentra viviendo en carne propia los peligros del Viejo Oeste – perseguido por territorio indómito por varios matones salidos de las páginas más violentas de sus historias. Sin embargo, sus enemigos han cometido un grave error: Sheridan no es cualquier escritor de pacotilla y matarlo no será tan fácil como piensan.

Product Details

ISBN-13: 9780307785176
Publisher: Random House Publishing Group
Publication date: 03/23/2011
Sold by: Random House
Format: eBook
Pages: 192
File size: 2 MB
Language: Spanish

About the Author

About The Author
Nuestro más importante narrador de historias del Oeste ha fascinado a toda la nación con sus crónicas de aventuras de los valientes hombres y mujeres que poblaron la frontera norteamericana. Se han impreso más de 300 millones de copias de sus libros en el mundo entero.

Date of Birth:

March 22, 1908

Date of Death:

June 10, 1988

Place of Birth:

Jamestown, North Dakota

Education:

Self-educated

Read an Excerpt

Capítulo 1

ESTABA ALLÍ TENDIDO, con brazos y piernas abiertas, sobre el pavimento de concreto del callejón en una mancha de su propia sangre que se oscurecía cada vez más, un hombre que nunca había visto antes, un hombre con la cara de un guerrero apache, a quien habían atacado por detrás apuñaleándolo repetidamente en la espalda mientras se encontraba allí tendido.

Dos patrullas de la policía con luces intermitentes estaban en las proximidades, y una docena de hombres uniformados o en mangas de camisa estaban alrededor, esperando la ambulancia. Pero era ya muy tarde para una ambulancia.

—Siento despertarlo a esta hora de la noche, señor Sheridan.

El sargento detective Tom Riley se había presentado al golpear en la puerta de mi habitación del motel unos pocos minutos antes. Su tono era amable, pero tuve la impresión de que no le había importado en absoluto despertarme. Era un hombre que estaba desempeñando un trabajo difícil y desagradable de la mejor forma que podía, y mi intuición me decía que era bastante bueno en lo que hacía.

—Pensamos que tal vez supiera algo acerca de él.

Riley me mostró un recorte de periódico y lo reconocí como una nota que había sido publicada en el diario la mañana anterior. Hacía referencia al hecho de que yo, Dan Sheridan, autor de una docena de volúmenes de obras de ficción e historias del oeste, estaba en la ciudad haciendo un trabajo de investigación.

No decía nada acerca de la imprudencia que cometí en un momento de entusiasmo, durante una entrevista en televisión, cuando dije:

—Entre otras cosas, quiero descubrir qué ocurrió con los hermanos Toomey.

El entrevistador, menos atento a los detalles de lo que es habitual en sus colegas, ignoró mi comentario y siguió hablando de otras cosas.

De hecho, había pensado mantener el misterio de la desaparición de los Toomey como mi propia historia privada, que desarrollaría a su debido tiempo.

Los Toomey se habían ido de Texas para Arizona unos noventa años antes, y, hasta cierto punto, su viaje podía documentarse; pero de ahí en adelante, había un vacío total. Cuatro mil cabezas de ganado y veintisiete hombres se habían esfumado… al menos así parecía.

—No es mucho lo que puedo ayudarle, sargento —respondí—. Nunca antes vi a ese hombre.

—Era una posibilidad al margen. —Riley seguía observando el cadáver—. ¿Puede pensar en alguna razón por la que este hombre haya querido ponerse en contacto con usted?

—Claro. Son muchos los que vienen a buscarme, toda clase de personas. Algunos sólo quieren hablar acerca de alguna de las historias que he escrito, pero la mayoría de ellos quieren ayuda con un libro que están escribiendo. Una vez en mil, alguien llega con algo que puedo utilizar en alguno de mis libros.

—¿El nombre Álvarez no significa nada para usted?

—No, nada. Lo siento.

Esto debía haber sido el fin de la conversación, y todo lo que yo pensaba era en volver a mi cama. Había tenido un día pesado y un vuelo muy largo, y estaba cansado.

Sólo que no era tan sencillo. Cuando pasé por en frente de la ventana de la oficina del motel, el secretario golpeó en el vidrio y yo entré.

—Hay algunas llamadas para usted, señor Sheridan. No lo había visto entrar.

Me entregó unos papelitos. Un telegrama de mi editor recordándome nuestra cita en Beverly Hills, en apenas diez días. Una llamada telefónica de una periodista que quería escribir un artículo sobre mí. El último era un mensaje escrito a mano en una caligrafía desconocida:

Tengo información. Vendré a la una de la mañana.

Manuel Álvarez

Salí de la oficina. Riley estaba subiendo a una patrulla, pero se detuvo cuando lo llamé. Miró el mensaje y escuchó mi explicación.

—¿Por qué a la una de la mañana? —preguntó.

—No tengo idea. Como ya le dije, nunca oí hablar de este hombre. Aunque en realidad, eso no significa nada. En mi oficio, conocemos todo tipo de gente.

—¿Le importa si me quedo con esto?

—Hágalo. —Luego, me ganó la curiosidad—. Sargento, si usted sabe algo acerca de este hombre, dígamelo. Tal vez algo de lo que usted me diga me recuerde alguna cosa.

Él lo pensó un momento y luego dijo:

—Era el único hombre honesto de una familia muy poco recomendable. Sus hermanos han estado todos en problemas de uno u otro tipo desde que eran niños.

De nuestra conversación no surgió nada nuevo, y volví a la cama. Amaneció demasiado pronto. Tenía mi primera cita a las nueve y mientras esperaba un taxi, compré un periódico.

La nota estaba detrás de la primera página y sólo daba datos muy escuetos de la historia. Sin embargo, había una diferencia, una diferencia que comenzaba con el titular:

el segundo hermano

asesinado en dos semanas

A Pete Álvarez lo había matado un sheriff ad- junto mientras intentaba escaparse de un arresto por abigeato.

Había otra cosa más. El último párrafo decía: A estos dos hermanos sobrevive un tercero, Pio Álvarez, quien habita en el mismo domicilio. Agregaba el hecho de que Pio Álvarez había sido liberado recientemente de la cárcel.

¿Pio? ¿Pio Álvarez? ¿El sargento Pio Álvarez?

Entonces, sin saberlo, le había dado a Riley información falsa. Era cierto que no sabía nada de Manuel Álvarez, pero sabía mucho acerca de Pio.

Habíamos prestado servicio militar en el mismo batallón en Corea, donde Pio había sido llevado en tres oportunidades ante la corte marcial, había sido sometido a castigos dentro de la compañía en demasiadas oportunidades como para poderlas recordar, pero había demostrado ser un combatiente de primera clase. Habíamos sido heridos con horas de diferencia, habíamos sido capturados al mismo tiempo y juntos habíamos escapado. Habíamos peleado juntos en Corea, y después de haberlo visto en acción, me agradó haberlo hecho.

Según me dijo con orgullo, dos terceras partes de la sangre que corría por sus venas era apache. Una tercera parte era sangre española-yaqui, de Sonora.

Por sangre y por inclinación sólo conocía una forma de pelear, y peleaba para vencer. Durante el largo viaje de nuestra fuga, tuvo oportunidades de pelear, y sobrevivimos. Tal vez con cualquier otro hombre que no hubiera sido Pio, no hubiera podido lograrlo.

Lo primero que pensé al ver ese artículo fue en buscar una moneda de diez centavos y llamarlo. La segunda idea que me vino a la mente fue simplemente olvidarlo.

Pio y yo habíamos luchado hombro a hombro. Habíamos dormido bajo la lluvia, habíamos caminado por entre la nieve, habíamos buscado abrigo y refugio como animales salvajes; pero todo eso había quedado en el pasado, y ahora vivíamos en otro mundo. Pio siempre había buscado problemas, y yo no tenía ninguna razón para pensar que hubiera cambiado. Lo más probable era que Manuel, al saber que yo estaba en la ciudad y al enterarse de que había sido amigo de Pio, hubiera venido a pedirme ayuda para sacar a Pio de algún problema.

Era mucho lo que habíamos compartido en el pasado, pero él había decidido vivir fuera de la ley, mientras que yo había tomado otro camino muy dentro de las líneas de la responsabilidad pública.

Mi trabajo de toda la mañana en la Sociedad Histórica no dio resultado. Los archivos de los números más antiguos de los periódicos no mencionaban a Clyde ni a John Toomey, ni había ninguna marca registrada a cualquiera de los dos nombres.

Cuando los hermanos Toomey llegaron a Arizona, los ranchos de ganado apenas se habían iniciado en esa región. En 1864, un hombre llamado Stevens tenía unas cuantas cabezas de ganado en un valle en las cercanías de Prescott; y Osborn y Ehle habían traído, uno o dos años después, unos cuantos cientos de cabezas de ganado al condado de Yavapai. Stevens pudo mantener su ganado custodiándolo día y noche, pero el ganado de Osborn y Ehle fue víctima de una estampida producida por los indios, y se perdió en su totalidad. Henry C. Hooker había sido el primer ganadero de verdad en el territorio, después de traer varias manadas para venderlas al ejército y, por fin, se estableció con una de ellas en el valle Sulphur Springs. Eso fue en 1872.

Había bastante información en los registros y periódicos viejos, así como en Hinton, Lockwood y otros, pero no se mencionaba para nada a los hermanos Toomey.

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